01 • septiembre • 2006

📌 Argentina

Entrevista a Agustín Alezzo. Un director, para buenos actores y buenas personas

Texto de Patricia Espinosa publicado en Revista Picadero 18 (Septiembre/octubre/noviembre/diciembre 2006).

agustin alezzo

Cordial y de pocas palabras, reacio a los elogios pero con una indiscutible fama de hombre íntegro, Agustín Alezzo siempre privilegió el desempeño de sus actores antes que el lucimiento de sus puestas. Para él es tan importante el vínculo director-intérprete que sólo acepta trabajar en un ambiente distendido y de mutuo respeto.

“Lo más importante en el trabajo de un director, de un maestro, es tener en cuenta a la persona que uno tiene enfrente y percibir qué necesita en ese momento, en esa situación, y encontrar el camino que lo ayude a encontrar lo que busca. El éxito o el fracaso dependen del encuentro o no de ese camino apropiado para esa persona o grupo de personas”, dijo en una entrevista publicada en Conversaciones con el teatro argentino de hoy de Teresa Naios Najchaus (Instituto Nacional del Teatro, Bs. As., 1999). “Es muy interesante, en la docencia, ver cómo una persona, sin conocer nada del oficio, va empezando a desarrollarse, a crecer, es un proceso notable, no sólo artístico. Cuando una persona va tomando contacto con el trabajo, va descubriendo sus potencialidades en todos los aspectos, y eso influye, aunque no lo pretenda, en su vida privada”. Lo curioso es que Alezzo tiende a sentirse incómodo cada vez que alguien lo califica de “gran maestro”. Tal vez esto se deba a la gran devoción que le despierta esa gran pedagoga que fue Hedy Crilla (1898-1984). Cabe recordar que esta experimentada actriz austríaca se radicó en Buenos Aires a principios de los años ’40 y aún hoy se la venera por su fecunda labor en la formación de actores y directores.

“La Crilla”, como gustan evocarla sus discípulos, fue quien guió a Alezzo y a otros grandes directores (entre ellos Carlos Gandolfo y Augusto Fernándes) en sus primeros acercamientos al Método de Stanislavsky. Alezzo se lo retribuyó instándola a retomar la actuación. El mismo la dirigió en varios trabajos, pero aunque todas sus actuaciones fueron memorables, recién se hizo famosa con Sólo 80 de Colin Higgins (1977), un éxito que se mantuvo tres años en cartel. Alezzo, en cambio, hoy descarta toda posibilidad de subirse a un escenario. Su carrera de actor se inició en 1955 (luego de abandonar sus estudios de Derecho) y culminó en 1972. Entre sus roles favoritos figuran: Jerry (de Historia del zoo, de Edward Albee) y Tom (El Zoo de Cristal). En 1968, debutó en la dirección por sugerencia de su maestra y con una obra que aún le resulta entrañable: La mentira de Nathalie Sarraute.

Desde entonces sigue siendo un director apasionado. De las 60 obras que dirigió, sólo “veintitantas” fueron estrenadas en el circuito comercial. Según aclara, la mayoría de sus puestas fueron proyectos personales: “Son obras de las que me enamoré y no pude encontrar quien las produjera” Entre esas piezas rescata Recuerdo de dos lunes de Arthur Miller, pieza en un acto que evoca los tiempos de la Depresión y Danza de verano de Brian Friel, cuyo título original, Dancing at Lughnasa, hace referencia a un antiguo ritual pagano. Los críticos ingleses la definieron como un “memory play”, ya que la acción evocada tiene que ver con los recuerdos de un niño de 7 años. Alezzo realizó una puesta de clima muy envolvente, casi cinematográfico. El coincide con este comentario y agrega: “Funcionó muy bien y tuvo muchos premios Es una obra irlandesa realmente en- cantadora cuya acción está narrada a través de los recuerdos de un chico que nunca aparece en el escenario. Es una idea genial y a mí me encantó hacer esa pieza”.

El director siempre elige obras de hondo contenido humano, que le permiten desarrollar universos muy sutiles en íntima conexión con sus actores. “Solo dirijo lo que me gusta –aclara el director–, sino no lo hago. Para no perder tiempo aunque a veces lo he perdido. Por ‘h’ o por ‘b’ o por ‘z’ he aceptado trabajos que no me convencían del todo”. También fue convocado por el teatro San Martín, en dos ocasiones, para dirigir Ricardo III de William Shakespeare (1997) con el protagónico de Alfredo Alcón, y El jardín de os cerezos de Antón Chéjov (1998) con un elenco encabezado por María Rosa Gallo. Durante su última convalecencia siguió montando obras de diversos autores (entre ellos Tennessee Williams, Harold Pinter y Woody Allen) con los alumnos de su estudio. Hasta que hace dos años lo convocó Cristina Rota (una actriz argentina de prestigiosa trayectoria en España como docente y directora teatral) para que la dirigiese en El Zoo de cristal. Según declaró a la prensa madrileña, decidió llamarlo porque es “un gran maestro y un hombre con un gran compromiso, que luchó contra la dictadura militar a través de su arma, el teatro, y se mantuvo firme en sus convicciones; mantuvo el teatro vivo durante todos esos años tan difíciles”.

El actor Julio Chávez ya fue dirigido por él en la pieza de Juan Carlos Badillo, En boca cerrada (de 1984). Y cuando se le preguntó por qué lo convocaba esta vez, respondió lo siguiente: “Pensé en él porque es un virtuoso de la escena, en una época fue mi maestro y lo conozco mucho. Y, además, porque es un ser que está en comunión con el teatro y siempre ha vivido con intensidad. Su mirada sobre la vida es sumamente piadosa y no quiere protegerse de ella”. El director, como era de esperar, hace caso omiso de todas estas cualidades. Pero al menos su trayectoria no ha pasado desapercibida: el 9 de junio de 2005, el Sr. Agustín Andrés Oscar Alezzo fue declarado por ley Personalidad Destacada de la Cultura de la Ciudad de Buenos Aires. Él sigue siendo muy reservado, pero no se le nota porque siempre se somete a los reportajes con amabilidad y buen humor, como si se tratase de una charla informal.

YO SOY MI PROPIA MUJER
Sentado en una butaca, poco antes de que empiece la función de esa noche, Alezzo anuncia -entre toses- que ha dejado de fumar: “Empecé a los 15 años y ahora tengo 71. Los médicos insistían en que dejara el cigarrillo y me daban mil razones, pero yo estoy convencido de que uno mismo tiene que resolver sus cosas sin necesidad de que e digan qué decisión tiene que tomar. Un día dije basta y acá estoy. Yo siempre fui de resoluciones drásticas, nunca me quedo en el medio”.

-¿De qué signo es?
-De leo (sonríe y alza las cejas dando a entender que es un leonino típico: fuerte y centrado en sí mismo, como se supone que son los nacidos bajo este signo).

-¿Chávez fue uno de sus alumnos más notables?
-Sin duda, y yo lo adoro, somos amigos. Además, es una muy buena persona. Yo tengo una gran admiración por él. Ya en su primera película, No toquen a la nena, de Juan José Jusid llamó mucho la atención. Si hasta recibió el primer premio como revelación del año. Hizo películas muy buenas. En Un muro de silencio estaba estupendo y lo mismo en Señora de nadie. Siempre ha sido un actor llamativo que se supera en cada trabajo.

-Usted se la pasa diciendo que sólo quiere trabajar con buenos actores que además sean buenas personas. ¿Hay gente tan complicada en el ambiente teatral?
-Dirigir a un actor siempre es una tarea muy delicada.

-¿Qué le pareció la pieza de Wright en una primera lectura?
-Julio me la envió apenas volví de España y la leí esa misma noche. Me encantó. Al día siguiente lo llamé para decirle que quería hacerla por varios motivos: “Primero, porque me va a encantar trabajar con vos y la pieza me gusta mucho y en segundo lugar porque es todo un reto para mí. La acabo de leer y me pregunto cómo se hace esto”.

Yo soy mi propia mujer (“I am my Own Wife”) es un exitoso one-man play de Broadway, estrenado en 2003 y ganador del Pulitzer y de dos premios Tony. La obra está basada en la vida de Charlotte von Mahlsdorf (Berlín, 1928-2002), un famoso travesti alemán –nacido Lothar Berfelde– que logró sobrevivir a las brutalidades del régimen nazi y, más tarde, a la homofobia del gobierno comunista en los años de la Guerra Fría. Sus memorias fueron publicadas en 1992 con el mismo título (“Ich bin meine eigene Frau”) y antes de dar vida a esta pieza sirvieron de inspiración al documental-ficcional de Rosa Von Praunheim (nombre de guerra del director de cine alemán Holger Mischwitzki famoso por su militancia a favor del movimiento gay). En ella Charlotte interactúa con varios actores encargados de representarla en distintas etapas de su vida. La pieza de Doug Wright, en cambio, es más autorreferencial. Describe las dificultades que tiene el autor para escribirla a medida que avanza su relación con Charlotte, a quien el dramaturgo entrevistó en varias oportunidades. Wright quedó tan movilizado ante este ser ambiguo e indomable que decidió incluirse a sí mismo en la escena y así poder dramatizar la atracción y rechazo que le producía este personaje. La vida de esta mujer con cuerpo de hombre resulta conmovedora, al igual que las dificultades que atravesó en su infancia y su valiente lucha contra la discriminación. Pero las sospechas que aún se ciernen sobre su conducta, tienden a ensombrecer su memoria.
Se la acusó de haber colaborado con la policía secreta ale- mana y también de haber requisado propiedades de judíos deportados para armar su importante colección de muebles y objetos. La misma que luego dio origen al célebre Museo del Gründerzeit (período que va de 1870 al 1900).

-La obra es casi una suma de monólogos que en algunos casos bordean la narrativa o la crónica periodística. Digamos que para ser llevada a escena requiere de una intensa dramaturgia de dirección.
-Sí, y ese era precisamente el desafío. Para mí lo funda- mental era la relación entre Charlotte y el escritor, y ahí fue donde nos apoyamos, en ese acontecimiento que produce el encuentro con esta mujer y en lo que le va pasando al autor frente a un personaje tan fascinante. Lo interesante de la pieza es que no hay ficción, es como un documental. El autor no inventa una historia, sino que va contando hechos y situaciones reales que van a formar parte de ella, con las dificultades que esto implica. Esto la convierte en un asunto increíble y apasionante.

-Con este trabajo vuelve a ocuparse de un personaje real como en su puesta de Master Class (1985), en la que Norma Aleandro interpretaba el rol de María Callas.
-Yo prefiero compararlo con otro unipersonal, Mary Barnes, de David Edgar (1979) que hice con Alicia Bruzzo en el 81, si mal no recuerdo. Mary Barnes fue un personaje famoso, una paciente esquizofrénica que entró en una comunidad terapéutica, donde un grupo de psicoanalistas intentaban cambiar el régimen de tratamiento para enfermos mentales. Tras su cura se convirtió en pintora y escribió un libro sobre su experiencia en ese lugar que luego dio origen a la obra inglesa.

-A veces la realidad supera la ficción, como en el caso de Charlotte, un personaje que atraviesa experiencias casi increíbles.
-Pero a la vez refleja dos épocas muy duras de nuestra historia, como la del fascismo y el comunismo. Ese contexto tiene mucha fuerza, la pieza es muy dura en ese sentido.
Lo interesante es que la trama de la obra consiste en contar cómo se escribió esta obra No se cuenta otra cosa. El autor nos informa cómo se enteró de su existencia, cómo viaja hasta Alemania para verla, cómo fue la primera entrevista, cómo ella le va mostrando os artículos de su museo, etcétera.

-También habría que destacar los cambios que va sufriendo el autor a lo largo de la obra, fascinado por la libertad de espíritu de esta sobreviviente, pero a la vez con serias sospechas sobre su pasado.
-El autor se acerca a ella por curiosidad, pero luego queda cautivado por su personalidad. Más tarde siente rechazo cuando la acusan de haber sido una delatora. Pero finalmente acepta que nunca podrá conocer la verdad y ya no la juzga.

-Y al espectador le sucede lo mismo.
-En ese sentido es una obra transformadora y profunda- mente humanitaria. No tira ni para un lado ni para otro, no la defiende ni ataca, sólo la muestra. Ella simplemente está ahí.

-Gracias a la extraordinaria labor de Chávez que la materializa en escena a fuerza de pura actuación.
-Él hizo un trabajo muy delicado, rescató la ambigüedad del personaje y su profunda vitalidad y valentía, pero también se lo ve vulnerable. Y no necesitó caracterizarse, le bastó con su lenguaje gestual y corporal. En la obra aparecen muchos otros personajes, pero descartamos la idea de interpretarlos a todos. Preferimos que fuera el autor quien contara la historia y que en él se corporizara Charlotte.

-La protagonista pasa por situaciones muy difíciles que ponen a prueba su capacidad de supervivencia. Como sucedía con El pianista, de Roman Polansky, se hace imposible juzgar a este personaje.
-¡Ah, qué buena película! Polansky es una maravilla y qué buen actor Adrien Brody. Sí, son historias de sobrevivientes y no se los puede juzgar debido a las tremendas situaciones por las que pasaron. Como ya dije en otra entrevista, la obra plantea entre otras cosas que los seres humanos no siempre hacen lo que deben, sino sólo lo que pueden.

 

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