LLEGÓ

LA FIESTA
NACIONAL

DEL TEATRO

25 • agosto • 2023

📌 Argentina

Somos esa insistencia

Texto de Luis Cano, publicado originalmente en Revista Picadero 46: "Teatro en democracia".

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La memoria individual es el archivo a través del cual las sociedades siempre pueden explicarse a sí mismas. En clave autobiográfica, el director y dramaturgo Luis Cano, comparte su experiencia directa de los primeros momentos de la democracia, donde el teatro fue un elemento clave de reelaboración cívica.

La revista Picadero me pidió que escriba una breve nota sobre mi experiencia juvenil con ese vínculo entre democracia y teatro. Mi integración a la vida democrática y a la práctica teatral fue de la mano de mi actividad en la Federación de Estudiantes Secundarios y también debida a la influencia de amigas y amigos que veían el mundo mucho más claro que yo, y me abrieron los ojos y el corazón a ese universo.

No es casual que la educación (el deseo de saber) esté implícita en la relación entre democracia y teatro. No desconocemos que el teatro occidental se creó como un caldero donde elaboramos nuestra identidad, nuestras pulsiones ancestrales y nuestras inquietudes sobre cómo vivir en sociedad. En el teatro se reelaboran nuestra convivencia, nuestros derechos, nuestros sueños y, junto a la diversión, las condiciones para nuestra alegría. Equivale a decir, nuestros valores democráticos. En este breve recuerdo, traigo la experiencia social que fue Teatro Abierto, donde se llenaban salas para decir en voz alta lo que necesitábamos escuchar y se debatía el “deber” del arte en sociedad. Teatro Abierto fue mi manera de entender que estar al lado de otras personas es la mejor forma de encarar los desafíos que se nos presentan. Comprendí que nuestras acciones políticas (todas las acciones lo son) alcanzan más cuando son colectivas. Y que el teatro puede hablar fuerte y claro cuando lo precisa, luchando desde el campo cultural para materializar lo que todavía falta.

El teatro es político por definición, porque lo determina el vínculo entre las personas. Los grupos de personas hacen lo que llamamos teatro. En su práctica se viven tensiones sociales, se afirman posiciones ideológicas y se piensa en cómo mejorar nuestra coexistencia. Desde mi primer acercamiento al teatro en democracia, de la mano de los renacientes centros estudiantiles, guardo estas dos lecciones: que aprendemos junto a otras personas y que podemos celebrar nuestras diferencias. Por aquellos años me acerqué al Teatro de la Campana, que se hallaba en el sótano de Diagonal Norte 943, donde Leónidas Barletta había fundado el Teatro Del Pueblo. Ahí tuve la suerte de conocer una práctica asamblearia directamente ligada a la realización teatral. En La Campana había mucha discusión, a veces nos costaba salir del encierro de nuestras propias verdades y otras veces el “plenario” en conjunto dudaba de lo mismo. Siempre en relación con los sueños por cumplir, con la utopía guiando y el trabajo para plasmarla. Desde entonces mantengo el mismo modo de pensar: que las cosas pueden ser diferentes. Y me apoyo en la confianza de lograr que suceda. Aprendí que hacer teatro interviniendo en la cultura es parte del ejercicio de nuestros derechos, es parte de nuestra crítica y de nuestro compromiso social. Construimos democracia cuando cambiamos modelos desde nuestras obras artísticas, cuando reconducimos los puntos de vista dominantes y ponemos en debate los juegos de poder. Cuando exigimos cambios. Sería falso si no cuestionara aquí mismo los argumentos cínicos que hoy impone el mercado cultural y que aseguran que “nada vale” o que “está todo dicho”. Soy docente en educación artística pública y sé que todos los días insistimos para lograr nuestros anhelos. Somos esa insistencia. Y para conseguirlo: nos hablamos y nos escuchamos, porque entendimos que (en el teatro y en la democracia) escuchando a las demás personas también seremos oídas, también seremos oídos.

Quiero terminar con una historia simple. Todavía eran los 80, estábamos en democracia y teníamos función de una obra, no recuerdo cuál. Esa noche recibimos una amenaza de bomba en el Teatro de la Campana y la orden fue salir. En mi obstinación, no supe cómo reaccionar y me negué a aceptar que un chantaje cobarde me echara del lugar; así que me entretuve en las duchas, lavándome el maquillaje y frotándome la piel hasta convertirme en pasa de uva. Una terca pasa de uva. Cuando subí la escalera para salir, escuché las primeras reprimendas por mi actitud. Menos mal que un alma buena había logrado sacar un termo y un mate a la vereda, así que nos sentamos con mi amigo Gustavo Di Sarro a matear y a conversar. Gustavo, que era jefe técnico de luces, mantenía su botella de antiácido en una mano mientras hablaba de las actitudes individuales y de las actitudes colectivas. Fue largo. Me habló a chorros sobre los problemas de vivienda en Argentina, sobre la alimentación y la importancia de la lectura. Comentó que todavía convivíamos con la muerte. Gustavo dijo que nada había salido de la nada, sino que era el resultado de inequidades. Me habló de la ética y de la esperanza. Éramos muchas personas en esa vereda y lo cierto es que nadie quería irse. Seguimos charlando y tomando ginebra hasta que llegaron las luces de la mañana. Todavía no habían triunfado los años noventa. Cuando vimos que clareaba, salimos a caminar.

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