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10 • noviembre • 2022

📌 Jujuy

Rubén “El Chuña” Iriarte: “Yo creo que el teatro a uno lo hace mejor persona»

Entrevista de Fabio Ladetto publicada en Cuadernos de Picadero N° 41: Imprescindibles de la Escena Nacional.

Rubén Iriarte

En 2021 el Instituto Nacional del Teatro presentó un ciclo de conversaciones con destacados referentes de la escena teatral del país, que se emitieron a través del canal de YouTube bajo el nombre "Imprescindibles de la escena nacional".

La conversación se inicia con referencias a pájaros, el sobrenombre de Iriarte remite a uno. Ladetto afirma que es un pájaro que corre, pero no vuela. Jugando con la metáfora el Chuña le dice que él sí que vuela, que es imposible que alguien que se dedique al teatro no pueda volar. La pre historia (la vida previa) de la vida antes del teatro sale a la luz: profesorado de química, el sueño de la entomología, el trabajo de visitador médico… Varios asteriscos- afirma Fabio. El artista recuerda y se sorprende, sonríe bastante ante esa vida tan otra.

El periodista señala el camino que implicó ese vínculo con lo pequeño y la transición que lo llevó a terminar arriba de un escenario para estar frente a la mirada de todos. Y viene la pregunta esperada.

¿Cómo llegó al teatro? La respuesta no se hace esperar demasiado y parece no tener demasiados secretos: casualidad. Una profesora muy buena de Lengua y Literatura quería representar las obras con las que trabajaban, quería armar un grupo de teatro, pero entre los pocos varones que había ninguno se animaba. Fueron a buscar voluntarios entre los de Química: el comienzo de todo.

En 1968 conoció a Nélida Pizarro de Fidalgo que dirigía un grupo de títeres llamado El Quitupí (sí, otro pájaro) nave insignia de lo que son los títeres en toda la región. El grupo tuvo existencia desde 1956 hasta 1976. Anduvieron mucho con ese grupo, salían de gira con el teatrillo de títeres. La dirección de cultura les compraba funciones y Nélida y él les pedían que no los mandaran a Humahuaca, a La Quiaca o a Tilcara, sino que preferían ir a pueblitos más chicos, a los ingenios, a los lotes. Y ahí es donde el trabajo de visitador médico entra en juego, porque viajaban en una camioneta de la empresa Bagó (a la que le tapaba el cartel por razones obvias), ahí cargaban todo y se iban, dormían en los hospitales…

Fabio le consulta por la aparición de Daniel Lozano Muñoz en su vida, un artista plástico y director teatral…los dirigió en el profesorado, aquella obra de la que habló anteriormente: Las cartas de Don Juan en la que había un solo varón y un montón de mujeres.

La pregunta que sigue apunta a cómo vivió en la época de la dictadura. Como siempre, el Chuña, empieza el relato por un lugar un poco extraño, cuenta que los llamaron para hacer títeres en un castillo y que la llegada a ese lugar le permitió cruzarse con fuerzas de seguridad que estaban vigilantes. Parece que están lejos los títeres de la dictadura, pero muy pronto se comprenderá que no. En primer lugar, en el grupo había personas que tenían posición política tomada, pero había otros que no eran militantes. Se habló con todos, lo último que querían es que tuvieran problemas en esa situación. Y ahí, en el relato, se entraman los acontecimientos. Un día hicieron un allanamiento en la casa de Nélida. Andrés era abogado y muy querido por el barrio. La gente salió y no permitieron que se lo llevaran. Sin embargo, el comisario a cargo, lleno de odio por no poder cumplir con su objetivo, se la agarró con los títeres. Sí, se los llevó secuestrados y no los vieron nunca más. El Chuña recuerda dos muy especialmente, dice que todavía le duele y que él era el único que los manejaba. Uno era el anunciador, abría todos los espectáculos con un texto sobre el Quitupí. Y sí, recita todo el texto de memoria, como si el tiempo no hubiera pasado. El otro títere era Galera Verde, un mago sobre un personaje de Di Mauro que hacía que sacaba cosas de la galera sin sacar nada, hasta que al final sacaba un pan. Reflexiona que, con el teatro, con los títeres, no se pueden resolver las cosas. Pero sí se pueden proponer soluciones, proponer cosas nuevas, distintas.

Fabio Ladetto le consulta por Nueva Escena. En espiral, Iriarte se detiene en el tiempo, retrocede y avanza. En 1956 Juan Carlos Estopiñan dirigía un grupo cuyo nombre era La Escena, cuando él y otro grupo de actores se suma, le cambia el nombre: Nueva Escena. Se trata de una de las agrupaciones teatrales más longevas de Jujuy. Cuando Estopiñan viaja contratado a Venezuela, El Chuña se hace cargo del grupo. Nuevamente vuelve a hacerse cargo cuando aquél se enferma y finalmente queda en ese lugar. Reflexiona sobre sus obras: todas tenían contenido social y político, tenían mensaje.

Ahora la pregunta versa sobre las fronteras: zonas de mucha mixtura, donde hay mezcla de contenidos, de estéticas, fusión fuerte y permanente. El Chuña sonríe frente a esa descripción, lo ha hecho muchísimas veces, las preguntas de Ladetto han abierto infinito camino de recuerdos) así se hace saber que la pandemia lo encuentra trabajando en Suspiros de ausencia de José Manuel García García dirigida por Freddy Chipana Vargas, un director boliviano muy reconocido. El entramado cultural es amplio, en lenguas, quechua, aymara, en rituales, en carnavales… habría que borrar el alambrado, lo mismo con el norte de Chile. Hay que seguir construyendo vínculos, hay muchas cosas comunes, de pensamiento, de ritmo, pueden verse las cosas distintas “Nos preocupa el ser, pero como escribía Tito Guerra, más nos preocupa el estar.” Tito Guerra era un referente teatral jujeño, maestro de actores que buscó incansablemente la propia voz, “hablar de lo nuestro con lo/s nuestro/s”. La escuela de teatro lleva su nombre. Su adaptación de una obra japonesa, Manta de plumas (1984) al imaginario coya es un paradigma de este instalarse acá, tener presencia.

Hay que seguir transitando, cada uno con su estética. En Jujuy el vínculo con lo boliviano es muy fuerte. A veces, las urgencias apartan de las cosas importantes en las que habría que avanzar.

La pregunta que sigue tiene que ver con creaciones y creadores: Ruperta, la coya superpoderosa; El hombre cóndor de Iván Santos Vega sobre Avelino Bazán; Jueves de comadres de Jorge Accame dirigida por Rodolfo Pacheco… Acá Rubén Iriarte se disculpa por los olvidos, un poco se arrepiente por empezar a dar nombres sabiendo los nombres que no da. Ahora se interroga por la formación, la escuela de teatro Tito Guerra ya lleva veinte años.

¿Cómo impactó su existencia? La escuela, el profesorado de teatro ha dado otro abordaje, otra mirada, el conocimiento académico. Hace años atrás venían artistas a dar talleres, pero eso era lo único que había. Ahora se va tomando identidad. La escuela y el profesorado aportan una herramienta más fina (ya no es a pico y pala), otros instrumentos que constituyen una nueva mecánica para los tiempos que corren.

Una vuelta de tuerca al pasado, un recuerdo de todas las luchas, hubo mucho y mucho se perdió: comedia estable, ballet estable, coro, orquesta de cámara. Desde 1982 y durante nueve años se tuvo todo eso, pero cayó. Hoy hay una ley, pero no está reglamentada y sin eso, no hay presupuesto. Fabio Ladetto le dice que tiene una de las dos salas independientes que hay en Jujuy, El pasillo.

¿Qué significa estar con la sala cerrada en el marco de la pandemia? Como siempre, la respuesta tarda un poquito. Antes cuenta que el espacio tiene dos salas: una se llama Carime Estopiñan, el nombre de la esposa del creador de La Escena y la otra Nélida Fidalgo, la directora de Quitupí. Dos lugares muy distintos. Luego habla de lo difícil de estos momentos y señala la inexistencia de la gestión provincial. Si no hubiera sido por el gobierno nacional, por el INT – “Estaríamos muertos”- señala. Sí, es contundente la frase. Gracias a ello están vivos y tienen oxígeno. El espacio tiene capacidad para 110 o 120 personas.

¿Le sugeriría a un grupo que empieza tener una sala? La respuesta no se hace esperar: la peor gestión es la que no se hace- inmediatamente después viene la metáfora – Ser padre, ser madre es hermoso, se disfruta mucho, pero también hay lágrimas. Es muy difícil sostener espacios chicos en un país tan extenso y siempre se quiere armar vínculos, si no fuera por los subsidios no sería posible.

A lo largo de la carrera hubieron muchísimos reconocimientos- le dice Fabio – ¿Cuál es el valor que tienen? Era esperable la respuesta: valen por la militancia, el esfuerzo, la continuidad; no es una carrera de velocidad sino de resistencia, las personas ven que uno sigue. A los premios se los guarda con mucho cariño, pero el valor que tienen es el de lo compartido porque las cosas nunca se hacen solo sino en la compañía de los otros.

Para lo que sigue, Ladetto pone de referencia a su provincia, Tucumán, allí, dice- se reivindica más a quienes vienen de las grandes metrópolis que a las propias creaciones. ¿Qué pasa en Jujuy? La respuesta es que hay muchas obras que tratan temáticas propias. Y enseguida viene la referencia a Tucumán y el aporte que fue siempre para Jujuy, la insistencia en seguir reforzando vínculos, hacer circular los espectáculos para no estar mirando para otro lado y hacerse cargo de cosas que no son propias.

Para ir cerrando la conversación se señala que el teatro no va a morir, que no pudieron acabar con él ni con el fuego, que va a existir siempre porque el ser humano comparte, es gregario.

¿Qué hizo el teatro con vos? Así cierra Fabio Ladetto las preguntas. El Chuña Iriarte le responde: me hizo crecer, conocer gente, nuevos amigos, yo creo que el teatro a uno lo hace mejor persona.

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