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13 • diciembre • 2022

📌 CABA

Marina Otero. Lo personal como materia sensible

Entrevista realizada por Alejandro Cruz, publicada originalmente en Revista Picadero N° 45: Nuevo Teatro Documental.

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“Quienes escribimos a partir de lo autobiográfico lo hacemos por necesidad, porque no sabemos qué hacer con la manera trágica de vivir la vida”.

Desde hace un tiempo instalada en Madrid, Marina Otero, no para de colonizar el Viejo Mundo a partir de la popularidad arrolladora de Fuck Me y Love Me. En esta entrevista hace un repaso por su recorrido como intérprete y directora, dejando en claro que la base de sus trabajos son sus imposibilidades y sus patologías. En el caso de algunos creadores, un espectáculo puede tener la verdadera fuerza de un hecho bisagra que lo confronta con nuevos públicos, con otros resortes de la confusa legitimación en el mapa de las artes. Cabe pensar que en la trayectoria de la bailarina y coreógrafa Marina Otero, acostumbrada a producir sus montajes en salas de la escena alternativa porteña, todos esos condimentos están sintetizados en Fuck me, trabajo estrenado en el marco del Festival Internacional de Buenos Aires (FIBA), de 2020.

LOS COMIENZOS Y LA CAUSA NARCISISTA
A la performance que hizo funciones en el Teatro Regio la presentó de este modo: “Siempre me imaginé en el centro de la escena, como una heroína, vengándome de todo. Pero el cuerpo no me dio para tanta batalla. Hoy dejo mi lugar a los intérpretes. Voy a mirar cómo ellos le prestan su cuerpo a mi causa narcisista”. En perspectiva, a dicho montaje habrá que entenderlo como parte de su indagación sobre el paso del tiempo y las marcas que quedaron en su cuerpo. Fuck me, que apenas hizo unas tres funciones, le permitió llegar a otras audiencias y posicionarse en escenarios europeos.

Hasta ese momento, su mapa de acción había sido otro. En ese tránsito, cuando vio la obra El lobo, creación de Pablo Rotemberg, esa fisicalidad extrema y cierta sensación de autodestrucción hizo que decidiera trabajar con él “porque, hasta ese momento, no sabía qué hacer con mi propia faceta autodestructiva”. A los años, se sumó al espectáculo La idea fija como asistente y, luego, como performer de ese otro montaje del coreógrafo. Gracias a esa propuesta, Marina decidió trabajar con su propia voz y no solamente con su cuerpo. Los talleres que tomó con Diana Szeinblum, aunque se trate de una coreógrafa muy distante a la marca de Pablo Rotemberg, le enseñó a trabajar “una manera menos urgente, a escarbar lo escondido”.

En medio de esas tensiones permanentes, de unir lo que parece complejo u opuesto, junto cona Gustavo Garzón hizo un trabajo que llamó 200 golpes de jamón serrano. Por ese montaje de neto corte biodramático, la bailarina punk ganó un Estrella de Mar como mejor obra dramática de la temporada marplatense. Después de la premiación, el actor popular y la bailarina alternativa se fueron a Chichilo a comer pescado y a emborracharse.

EL CUERPO QUEBRADO COMO SUPERFICIE DE ESCRITURA
Claro que, desde hace años, en su indagación artística la presencia del yo, de lo autorreferencial, de lo biodramático o de lo testimonial, como quiera denominárselo, hacen al cuerpo central de su búsqueda. “Quienes escribimos a partir de lo autobiográfico lo hacemos por necesidad, porque no sabemos qué hacer con la manera trágica de vivir la vida”, dirá ella más adelante. Pero volvamos a Fuck me, a ese grito de vida desesperado de alguien acostumbrada a exigir a su cuerpo al límite. Meses antes del estreno, venía de un largo período de internaciones, de operaciones, de una cadera rota, de noches oscuras. Cuando se subió al escenario, apenas podía caminar. Fiel a esa idea de llevar elementos de su vida a escena, todo ese largo y traumático proceso lo contaba en escena. Las funciones fueron ante un público que colmó al histórico teatro y que aplaudió de pie a ese trabajo de emociones encontradas a cargo de unos verdaderos animales escénicos dispuestos a todo. Claro que, al mes, vino la pandemia y la llamada vieja normalidad dijo basta. Fue tal la repercusión que generó Fuck me que el Teatro San Martín, cuando de a poco se fueron levantando las medidas de aislamiento, lo programó para la sala Martín Coronado, la sala de mayor peso simbólico y real de la escena pública. Pero los cuentos de hadas no siempre tienen un final feliz, ella lo sabe. La noche del ensayo general se dictaron nuevas medidas restrictivas que volvieron a paralizar la actividad y ese planazo quedó en la nada. Es más, al otro día Marina se contagió de coronavirus. Llueve sobre mojado. Como revancha, el segundo semestre de ese año terminó con Fuck me haciendo funciones en teatros europeos, ganando el premio del público del Theater Spektakel 2021, de Zurich; y, de paso, aprendiendo a cómo es eso de empezar a formar parte del mercadillo internacional de las artes escénicas.

“Fuck me quizá sea mi gran Caballo de Trola con seis guerreros adentro dispuestos a combatir entre los muros del palacio de Elsinor. Un caballito de batalla en el campo del privilegio (…). Pensamos que el arte salva al resto cuando, en realidad, todo lo que hacemos es manotear el pedazo del naufragio que alcance para mantenernos a flote”, escribió en un artículo en la Revista Dramática, de España. Al artículo lo tituló de este modo: “El amor es una cajita de preservativos donde se guardan los euros y otras cosas chiquitas que golpean adentro”. Le pagaron por escribirlo 450 euros. Click, caja. “Solo puedo escribir escenas que habitan mi cuerpo”, confiesa en Love me, el trabajo posterior que montó y escribió junto con Martín Flores Cárdenas. “Sí, primero cogeme y, después, hablemos del amor”, suele decir Marina Otero sin vueltas porque ella es, sencillamente, un mina, una artista que no suele dar vueltas. ¿Todo lo suyo es muy autorreferencial? Sí, claro. Y, si se quiere, nada nuevo bajo el sol en eso porque es imposible pasar por alto al ciclo Biodrama de Teatro Sarmiento, creado por Vivi Tellas; los montajes que esa misma creadora presentó como teatro documental (desde Mi mamá y mi tía hasta Disc Jockey); o las diversas propuestas de Lola Arias. Y, aún en el mapa de lo coreográfico, tampoco se pueden obviar obras como Acróstico, de Diego Rosental; u Hoy bailamos para siempre, de Federico Fontán.

UNA MUCHACHA PUNK EN LOS CHAMPS-ÉLYSÉES RECUERDA SUS ORÍGENES
Fuck me “fue la muerte de esa bailarina que se rompía en escena”, reconocía en un reportaje en el cual también confesaba que una vez se dio la cabeza contra el capó de un auto unas 17 veces (no se lo pregunté, ¿pero las habrá contado?). Marina es un ser de extremos. Coherente con ese modo de vida, luego de las funciones de sus últimas dos producciones en el FIBA 2022 decidió dejar su casa porteña para instalarse en Madrid como base de operaciones mientras se la pasa viajando con Fuck me y Love me por distintos escenarios europeos. Algunos, tan glamorosos como el Théâtre de la Ville, sobre la paqueta avenida parisina Champs-Élysées, para quien dice ser un poco grasa y tan punk como pop. A raíz de su actual realidad, esta misma reconstrucción sobre sus inicios se realiza a partir de preguntas dejadas en su teléfono que Marina, al día siguiente, responde con suma dedicación y precisión porque, cabe pensar, que lo autorreferencial es un músculo que tiene entrenado.

¿Cómo empezó todo? Lo responde ella, desde Italia. “Lo mío fue un poco desde la ignorancia, desde la ingenuidad. De todos modos, creo que siempre la creación comienza en la infancia, en esas obsesiones. Desde esas primeras experiencias de niña/adolescente diría que se inició todo”. En esa hoja de ruta, hay mojones, situaciones que dejaron su marca. Como el escribirle cartas a su prima y establecer entre ellas un vínculo en el cual la escritura era un elemento fundante. O preparar coreografías de solos para mostrárselas a algún familiar. O cuando, a sus 15 años, le escribió una carta a su sobrino de un año para ser leída a sus 15. “Todo el tiempo ya estaba la obsesión de la escritura, del tiempo, de lo autobiográfico. Por eso, inevitablemente, la pregunta me lleva a esas situaciones, a ese tiempo”, reconoce trayendo a la memoria estas microescenas de vida. Ya de más grande, empezó a cursar la escuela de danza. Su madre bailaba de manera no profesional y eso, cree, la influenció para ir por ese lado. También estudió aAntropología, pero la cosa no iba por ahí. Se anotó en la Escuela Arte XXI. En ese tiempo, conoció al grupo Krapp, el que fundaron Luciana Acuña y Luis Biasotto, quien falleció en tiempos de pandemia. Aquella vez que vio un trabajo de esos fundadores de un grupo clave de la danza contemporánea post Descueve fue, sospecha, la primera influencia artística. “Había en lo que hacían algo de lo real, de lo performático que fue muy”, asegura.

Hubo otra marca que llegó desde otra puerta de entrada. El padre de Marina tenía un amigo con quien trabaja en un reparto de pan Fargo. La hija de este señor es la bailarina y coreógrafa Ayeléen Parolín, quien, a los años, terminó radicándose en Suiza. Marina vio una obra suya que se llamó 25.06.76, fecha de nacimiento de Ayeléen. Fue la primera vez que se topaba con un trabajo coreográfico que indagaba lo autobiográfico. Ayeléen presentaba de este modo esa obra en la cual incorporaba un video de su fiesta de 15: “Para exprimir quién soy (o quién era) decidí trabajar sobre lo que había hecho, lo que ya había vivido y experimentado en mi vida y cómo el pasado influye en el presente”. “Esa obra se transformó en un eje, o algo por el estilo -‒sigue ella quien, en varios de sus trabajos, también incluyó videos familiares o de sus obras previas‒-. Hasta ese momento, desconocía la existencia de trabajos de ese tipo. Tampoco sabía de Vivi Tellas, no tenía idea de todo su trabajo biodramático. Era, sencillamente, una ignorante absoluta. Hice Andrea, mi primera obra, desde ese desconocimiento total”. La obra de Ayeléen se presentó en Buenos Aires en 2010. Dos años después, Marina estrenó Andrea, obra que presentaba de esta manera: “Andrea bailó toda su vida para no hablar de ciertas cosas… Ya no tiene ganas de bailar para otros. Cuando las palabras se acumulan, los órganos confiesan”. Inicialmente, se había propuesto hacer un solo de danza que “diera cuenta de lo complejo que es encontrar una fragilidad más humana y menos formal. Hay que tener en cuenta que yo venía de una formación muy estricta en donde siempre era el Patito Feo, en donde no encajaba. Yo sentía que había un lugar que no estaba encontrando en mí vinculado con una zona más frágil, desesperada, personal”, confiesa como tantas veces ha confesado casi lo inconfesable en escena (situaciones de violencia familiar, rupturas amorosas, noches de descontrol).

Para esa obra que era decididamente autobiográfica, Marina se exponía usando a una tal Andrea como médium. Mientras eso iba tomando cuerpo, dejando moretones y contracturas fue escribiendo un diario. En su aproximación a las formas biodramáticas aparece otro mojón: la obra Por el dinero, de 2013, una creación de Luciana Acuña y Alejo Moguillansky. En esa perturbadora propuesta, de la que participaban también un bailarín y un músico, Luciana confesaba que se ganaba dinero haciendo coreografías para obras que montan otras gentes; y Alejo, prestigioso cineasta, que dependía “de las propagandas de Fiat, de Clarín, Olé, de gaseosas, o lo que mierda haya que vender” para sostener su endeble economía.

Se topó con obra como otras obras que vio en el ciclo Mis documentos, curado por Lola Arias, mientras estaba escribiendo Recordar 30 años para vivir 65 minutos, performances que terminó estrenando en 2014 y que tuvo como punto de partida todo lo que había descartado para Andrea. “Hecha de retazos de mi vida, partes de otra obra vieja, de amores pasados y de cosas que ya maté, es siempre un boceto más de esa otra obra incompleta e interminable que soólo acabará cuando me muera”, la introducía en el programa de mano. Como en proceso de acumulación, en ese período también vio Melancolía y manifestaciones, de Lola Arias. A ese trabajo su creadora la presentaba de este otro modo: “Es un diario sobre la melancolía de la madre escrito por un testigo muy cercano, su propia hija (…). A medida que los capítulos avanzan, la hija se va llenando de preguntas: ¿por qué mi madre se enfermó en 1976: ¿fue mi nacimiento, el golpe militar o una pura casualidad?”.

POÉTICAS DEL YO BAJO SOSPECHA
Entre tantas preguntas dando vueltas y obras de creadores que indagaban en sus propias historias, Marina empezó a descubrir un mundo desconocido. “Me di cuenta de que estaba haciendo algo que se hacía hace mucho. Lo cual, hizo que empezara a estudiar de manera autodidacta. Me puse a conocer a otros artistas, ver de dónde venían las cosas. El camino fue desde la ingenuidad al conocimiento”. Mientras Recordar…. ganaba un premio en la Bienal de Arte Joven y la programaban festivales en Sarajevo o Singapur, en 2016 tomó un taller con Vivi Tellas (a quien ya había googleado para no mandarse macanas). En ese tiempo ya empezaba a desplegar sus primeras formas el borrador de Fuck me. “Pero lo cosa tiene que ver con cierta…”, apunta en otro mensaje desde otra ciudad europea en una frase que no concluye, o sí, que intentaba indagar en las nuevas derivas de su búsqueda. “Quienes escribimos a partir de lo autobiográfico lo hacemos por necesidad, porque no sabemos qué hacer con la manera trágica de vivir la vida –larga de golpe, a modo catártico, como encontrando el nudo de lo que quiere decir-. En todo eso hay cierta desesperación de no poder meterse en otro universo. Es por desesperación que terminamos hablando de lo urgente, de lo que está más cerca: sea el deseo de vivir, sea el deseo de morir”.

Actualmente, siente encontrarse en un conflicto porque quisiera abrirse un poco de lo hecho. La disyuntiva no debe ser fácil, ya que tanto Fuck me como Love me se han transformado en obras que entraron al mercado de los festivales y ella sabe perfectamente que todo puede ser una moda que hay que aprovechar. Instalada en Madrid, el único vínculo laboral que mantiene con Argentina es a través de la DGART, una incubadora de primeras obras cuyas tutoras son Cynthia Edul, Shoshana Polanco, Silvia Gómez Giusto y Marina. Los días de intercambio de mensajes coincidió con una carta que le envió a los grupos seleccionados de esta incubadora. En uno de los párrafos, dice: “Hoy, a la vez que agradezco todo lo que me está pasando, también estoy en crisis. Es una crisis personal, pero que tiene que ver con la crisis de la época. La crisis es con respecto a lo autorreferencial. Para hablar de este problema me parecía que lo primero que tenía que hacer es hacerme responsable de tirar la piedra y, a la vez, ser la puta apedreada”. En otro párrafo, agrega: “Creo que uno de los lugares más comunes de los biodramas, y el que menos me atrae es cuando el ‘yo’ se presenta como héroe o victimario. Yo no sé cómo lograr salir de esos lugares, pero creo que hay que cuestionarlo, desmenuzarlo, ponerlo sobre la mesa para pensar”. Escribe todo esto mientras se pregunta de qué hablar ahora, que cruzó el Atlántico y está en México.

En esto de los intercambios de un lado y del otro del océano, Marina Otero trae a cuento un texto de la escritora norteamericana Lorrie Moore. “Escribir es, al mismo tiempo, la excursión hacia adentro y hacia afuera de la propia vida”. ÉEse punto, cree, es el más complejo de lo autobiográfico. “La vida personal no es lo que importa porque no hay una fidelidad en relación con loa real. Sí hay una relación de fuga y refugio en ese ir, en ese volver, en su distanciamiento entre lo imaginado y lo real, entre lo recordado y lo imaginado que termina siendo adictivo. Volviendo a la pregunta inicial de estos intercambios hubo otras influencias posteriores que, por suerte, vinieron con los años. Y digo por suerte porque, en un momento determinado, el camino de la ingenuidad es muy rico porque no tenés miedos y arriesgás, y confiás. Está bueno esa pulsión de saber que no te queda otra que escribir y probar, escribir y volver a probar”.

Volvamos a Fuck me. En escena, apenas podía moverse. “Para mí el teatro siempre fue más importante que mi vida, hasta que empecé esta obra, que se inicia junto con el dolor y termina con una operación de columna. Hice casi todo el proceso desde una cama, me grababa audios de voz porque no podía sentarme a escribir. Tampoco pude aprenderme los textos de memoria, por eso ahora los escucho por estos auriculares mientras los digo. Iba de la cama al ensayo y del ensayo a la clínica”, decía ella en los minutos iniciales de una obra catártica, expansiva, liberadora, atrapante. Cuando al año siguiente la repuso en el teatro Regio, a donde volverá a fin de año, Marina Otero ya caminaba. No era esa bailarina casi rota en escena. Por eso, al momento final se largaba a correr en círculos por el escenario desnuda para dar cuenta de su nueva realidad. “Váyanse cuando quieran, yo voy a seguir corriendo”, advertía a la platea. Mina de palabra, es lo que hacía. Una de las noches, salió de la sala por la avenida Triunvirato, llegó a la esquina y volvió ante el desconcierto de los que transitaban la zona ante esta mina desnuda corriendo por Villa Urquiza. Al otro día, tuvo función de Love me. “Esta obra es una despedida”, la presentaba. A la semana, partió a Madrid sin darse el gusto de comer un asado bien argento. ¿Qué vendrá después? Se lo está preguntando.

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