LLEGÓ

LA FIESTA
NACIONAL

DEL TEATRO

29 • enero • 2024

📌 Argentina

Un cuarto propio. Juana Inés de la Cruz

Texto de Agustina Muñoz publicado originalmente en Cuadernos de Picadero Nº 44: Influencias. Perfiles de doce artistas.

Juana Inés de la Cruz

Cuadernos de Picadero les propuso a doce creadores escribir un perfil sobre un maestro o referente de las artes escénicas. El resultado es un mapa de reflexiones actuales que nos sitúan en los márgenes de la confesión personal, el diario íntimo, la biografía, la teoría y el ensayo. De Jorge Lavelli a Romina Paula, de Beckett o Copi a Pablo Rotemberg, pasando por Juana Inés de la Cruz, Fassbinder y Daniel Veronese, entre otros, los textos aquí reunidos componen un minucioso repertorio de voces, escritos desde la fascinación.

Cuando leo a Juana Inés Ramírez de Asbaje, pienso desde qué mundo escribía. ¿Cómo era la vida de una mujer escritora en el siglo XVII en Nueva España, ese territorio conquistado ciento treinta y dos años antes? ¿Para qué y para quién escribía? ¿Cómo eran sus noches, sus mañanas, sus secretos? ¿Qué la atormentaba, con qué gozaba? La biografía de Juana es como un juego de espejos, de incógnitas y agujeros. Juana se esconde y se expone, quizás como estrategia de supervivencia. Juana la cortesana, la escritora de comedias y poemas de amor, la religiosa, la monja, la aguda, la de la conversación filosa, la del apetito intelectual desbordante, la atrevida, la arrepentida. Si Eurípides escribió toda su obra durante una guerra interminable, Juana escribió en una época inquisitorial en un territorio que estaba siendo arrasado. Como dijo Octavio Paz, Juana escribía y pensaba inmersa en una “civilización de hombres creada para hombres” (“blancos”, agregaríamos hoy). No se podía ser como Juana en su época. Juana es una pensadora que escribe desde la complejidad de la existencia y comparte lo que piensa y lo que siente en poemas, en obras de teatro y villancicos: el mundo la atravesaba y ella estaba viva. Y estar viva, así, cabalmente viva, es rupturista en su época y también en la nuestra. Cuando describe Yo, la peor de todas, está diciendo precisamente eso. Era “un monstruo”, como la llamó la escritora mexicana Margo Glantz. Juana se pasa la vida sin entender las limitaciones que tiene que acatar por el hecho de ser mujer. Es algo que no puede concebir ni hacer cuerpo. Cuando se entera de que las mujeres no tienen permitido ir a la Universidad, le pregunta a su mamá si puede hacerlo disfrazada de hombre. Ella sabe que puede estar a la altura intelectual de aquellos que tuvieron la posibilidad del estudio formal, sabe, incluso, que puede ser más filosa y más aguda que ellos. Porque los lee, porque debate con ellos encerrada a solas o caminando por el campo. Sabe de todo lo que es capaz y no entiende que su destino vaya a ser, tanto si se casa como si se consagra como religiosa, el de la sumisión y el silencio. Le debe haber parecido, además de injusto, ridículo. “Elegí la literatura, pues una herejía en el arte no la castiga el Santo Oficio.”1

Juana tiene claras cada una de las elecciones que va haciendo. Juana sabe del peligro; su propio confesor en el convento es miembro del tribunal inquisitorial; es decir, está rodeada. Juana es una filósofa de esas que saben escribir muy bien, filósofa poeta, dramaturga existencial, humorista filosa. Juana pasa de la poesía a las obras de teatro, del pensamiento teológico a experimentos científicos y a leer textos sobre Hipatia, la filósofa y astrónoma de la Antigüedad griega que –vaya guiño– muere en manos de fanáticos cristianos. Juana escribió cincuenta y dos obras dramáticas, sola y en colaboración (siempre con hombres). Muchas de esas obras son loas y villancicos sobre asuntos religiosos que se representaban en las catedrales para distintas celebraciones; pero también escribió obras seculares, como Amor es más laberinto, con ese título genial, o Los empeños de una casa, una comedia de enredos amorosos en la que los personajes están todos enamorados de otra persona que no es su pareja oficial. Cuando la juzguen, su escritura sobre asuntos mundanos será considerada un rasgo imperdonable, algo promiscuo. Una religiosa no debería escribir sobre el amor. Ese tópico, central en el Barroco, también lo va a ser en la obra de Juana. “¿Qué es aquesto, cielo injusto? ¿Qué es lo que pasa por mí, que lo acierto a padecer y no lo sé definir? ¡Ay de mí, que mal sabe hablar, quien sabe sentir! Apenas, Amor tirano, de tus flechas conocí que las hace más agudas quien las quiere resistir, cuando vi que sabes hacer más daño que herir”2, dice un personaje femenino de una de sus obras. Y eso se repite una y otra vez. Las mujeres de sus obras tienen una enorme conciencia de sí mismas. A mí, hoy en día, leer a Juana hablando de mujeres me sigue emocionando, tiene la contemporaneidad de alguien que escribe desde una verdad profunda, y leerla es casi como llegar a oír esa voz. Juana sabe que a las mujeres las quieren callar, pero sabe también que las mujeres saben pensar. En un texto3, se asume heredera de una larga lista de pensadoras mujeres: “Porque veo a una Débora dando leyes, así en lo militar como en lo político, y gobernando el pueblo donde había tantos varones doctos. (…) Veo adorar por diosa de las ciencias a una mujer como Minerva (…) A una Aspasia Milesia que enseñó filosofía y retórica y fue maestra del filósofo Pericles. A una Leoncia, griega, que escribió contra el filósofo Teofrasto y le convenció”. Y la lista sigue y es larga, y ella se toma el trabajo de citar a todas, para dar cuenta de la injusticia de negarles a las mujeres el conocimiento y la capacidad de decir, razonar, educar y gobernar. ¿En qué absurdo precepto estaba eso fundado si la historia estaba repleta de ejemplos que confirmaban lo contrario? Juana se encarga de que esa parte no se eluda, y las nombra una por una, como homenaje y evidencia fáctica. Juana, la amante del pensamiento, expone la irracionalidad de los preceptos que rigen su sociedad.

Antes de ordenarse como religiosa, Juana fue cortesana. A los dieciséis años, su tía la presenta en la corte virreinal para que sea dama de compañía de la virreina. Esa es una imagen de la que no tenemos registro. Años antes de ser la mujer de velo negro en su traje de monja que vimos muchas veces, Juana vivió una vida de bailes, fiestas, banquetes, tertulias y celebraciones. Juana es ahí un personaje social, y mucho de lo que va a escribir tendrá que ver con ese tiempo en el que vio de cerca cómo funcionaba el poder y el mundo mundano. En la corte, conoce a mucha gente, y la gente queda fascinada, un poco estupefacta más bien: parece que la chica encandilaba. La virreina va a devenir en su mecenas y también en su amiga. Esa posición le facilitará, a Juana, los contactos para tener, durante un tiempo, un cerco de protección y también de cierta contención. Pero, sobre todo, en la corte, se convierte en escritora asalariada, profesión que va a ejercer casi toda su vida. La obra de Juana es una obra repleta de voces. ¿Es ella o un personaje hablando? ¿Cuántas Juanas existen, cuántas dejaba ver? A partir de un texto biográfico que ella mismo escribió, podemos inferir que muchos de los parlamentos de sus personajes podrían estar hablando de ella. En la obra Los empeños de una casa , el personaje de Leonor dice: “Decirte que nací hermosa presumo que es excusado, pues lo atestiguan tus ojos y lo prueban mis trabajos / Inclineme a los estudios desde mis primeros años con tan ardiente desvelo, con tan ansiosos cuidados, que reduje a tiempo breve fatigas de mucho espacio / En breve tiempo era el admirable blanco de todas las atenciones / Entre estos aplausos yo, con la atención zozobrando entre tanta muchedumbre, sin hallar seguro blanco, no acertaba en amar a alguno, viéndome amada por todas partes”. Ahí está Juana describiendo a una mujer que se jacta de su belleza sin pudor, que declara que tiene muchos pretendientes y que no elige a ninguno. Y sobre todo, que esa mujer mundana y hermosa, es una gran estudiosa que dedica la mayoría de su tiempo en lecturas complejas.

Esa obra es una comedia que escribió para la celebración del nacimiento del hijo del virrey. Allí se cuenta un triángulo amoroso en el que los hombres son puestos en ridículo y las mujeres se expresan con inteligencia y agudeza. Esas obras se representaban en la corte, es decir, las veían los gobernantes. Juana les habla en la cara a aquellos mismos que perpetraban la injusticia. Y en la cara, les habla de sus hipocresías, de su vida superficial, del abuso, de su estupidez. Pero son comedias, y el público reía, y mientras, el mensaje se pasaba. Cuando la leo, pienso en la defensa del arte como medio para hacer la revolución, de decir lo que no se puede decir y pasarlo entre metáforas y escenas entretenidas. Pienso en el arte dramático como medio para dar voz a las que no tenían voz, en hacer hablar a los personajes para que pudieran dar cuenta de la complejidad existencial que les era negada. Escudada en la palabra y en la ficción, une esas dos esferas que estaban separadas, el pensar como cosa de hombres, el sentir como privilegio de las mujeres. Cuando llega a la edad adulta, los caminos que podía considerar eran dos: el matrimonio o la vida religiosa. Esas eran las opciones para una mujer blanca: el control del marido o el de la iglesia. En el convento, al menos, podía vivir sola, y tener tiempo para leer y escribir.

Juana eligió a conciencia: “para la total negación que tenía yo al matrimonio, era lo menos desproporcionado y lo más decente que podía elegir en materia de la seguridad que deseaba de mi salvación; a cuyo primer respeto (como al fin más importante) cedieron y sujetaron la cerviz todas las impertinencillas de mi genio, que eran de querer vivir sola”. Esto escribe sor Juana en una carta dirigida al obispo de Puebla. Esa es ella, la que en carácter de religiosa le confiesa a un obispo, hombre en lo más alto de la jerarquía eclesiástica, sus pensamientos y sentires. Subvierte así dos reglas, una que impedía a una mujer dirigirse de esa forma a un hombre, y otra que le impedía a una subalterna hablarle como un par a un obispo. En esa famosa carta, en la que cuenta y defiende su manera de vivir, refleja también el camino que emprendían muchas mujeres: los conventos estaban llenos de mujeres que no querían casarse ni tener sexo no deseado ni parir diez o doce hijos. La académica chilena Adriana Valdez dice que el matrimonio era directamente peligroso para la vida de las mujeres. Así es como Juana pasa a ser sor Juana. No por vocación religiosa (aunque se cree que Juana sí era una persona creyente), sino por pura ansia de ser. Juana tenía veintiún años, y así empieza a vivir donde vivirá hasta el fin de sus días, en una celda de dos pisos con sirvientas, en la que puede recibir visitas. Ahí es donde va a escribir la mayor parte de sus textos, los poemas, las obras de teatro, los villancicos y las polémicas cartas que terminarán de exponerla al tribunal que la obligará a pedir perdón público. Juana tuvo eso que Virginia Woolf consideraba la condición de la independencia creativa: un cuarto propio; pero en los conventos, lo que escribían las mujeres era leído por sus confesores como una manera de control. “Los confesores invitaban a las monjas a escribir para poder controlar lo que pensaban y sentían, una manera de observar los movimientos. Controlar el pensamiento, la imaginación, controlar los deseos y los sueños. El confesor era el encargado de la ortodoxia de la monja y, ante casos peligrosos, delatarla.”4

En Europa y también en la América convertida a la fuerza al catolicismo, las mujeres religiosas eran invitadas a escribir, la escritura era algo corriente. En La Biblia, San Pablo decía claramente que las mujeres no podían predicar. Pero nada decía sobre la posibilidad de escribir. Y Juana y tantas otras encontraron, en la palabra escrita, la posibilidad de decir y decirse, de salvarse en un mundo opresivo que les negaba la voz propia. Y hasta cierto punto, la Iglesia lo permitía. Siempre y cuando no se metieran en esferas que no les correspondían. Las mujeres religiosas oían voces, tenían visiones y revelaciones. Podían escribir sobre eso. Los hombres de la Iglesia pensaban y debatían encíclicas, dogmas y asuntos teológicos. Así estaban repartidas las tareas, “hombres y mujeres veían aspectos distintos de la divinidad: los unos, los más especulativos y racionales; las otras, los místicos”5.

Pero Juana no pertenece a la tradición de las escritoras místicas, como puede ser Hildegarda de Bingen, Marguerite Porrette (condenada a la hoguera en 1310) o Hadewijch de Amberes, cuyos textos narran la experiencia religiosa como trance y experiencia arrasadora. Si bien estas mujeres abrieron un camino en el que demandaban la experiencia espiritual como acto íntimo, y defendían el vínculo privado con los textos sagrados y la práctica religiosa sin intermediarios, Juana desea ir aún más allá. Juana no es mística, es filósofa, tiene una cabeza más científica si se quiere, indaga en la condición humana y reniega de esas categorías que separan a hombres y mujeres según sus capacidades afectivas e intelectuales. Ella escribe sobre el amor, la existencia y el poder, y llega a lugares incómodos, oscuros y vedados. “Hombres necios que acusáis a las mujeres sin razón”, dice y eso es un cartel de neón en la sala del convento. Juana describe la complejidad de las mujeres, les devuelve su hondura, su inteligencia, su capacidad intelectual y de gobierno de ellas mismas. Las saca de la obviedad de una vida plana y predecible, del gobierno de los otros sobre sus destinos y sus cuerpos.

Juana escribe olvidándose o no considerando del todo los límites de su género. Aunque nunca sin ingenuidad, sabe que para hacer lo que hace necesita revestirlo de las formas necesarias para que eso pueda ser leído. Muchas veces antes de mandarse con una diatriba fulminante, se excusa diciendo que, como mujer que es, sabe que su entendimiento es débil, que nunca estará a la altura para entender las grandes ideas. Sin embargo, dicho eso, se despacha con un pensamiento de una consistencia intelectual de la que Juana es consciente. Lo cortés no quita lo valiente.Y esa es la forma que encuentra para cumplir con las normas, para protegerse con esa indulgencia falsa que los hombres quieren oír por respeto a las formas. Juana se va envalentonando y se atreve, incluso, a entrar en discusiones con eruditos eclesiásticos, es decir, discute cabeza a cabeza con los hombres. Y eso es algo que va más allá de lo tolerable y será lo que la quiebre. La cosa es así. Juana escribe un texto en el que comenta un sermón de Antonio Vieyra, autoridad religiosa y teólogo erudito, y le critica varios de los puntos. Si las mujeres no podían predicar, mucho menos podían criticar los argumentos de los predicadores. El confesor de Juana, Núñez de Miranda, lee el texto y le resulta brillante. Lo hace circular y así llega a manos del obispo de Puebla, quien decide publicarlo sin el consentimiento de Juana, no sabemos si para exponerla o porque de verdad creía que ese texto debía leerse. El pensamiento de Juana se hace público y la muestra en toda su osadía y capacidad intelectual. El texto de Juana le gana al de Vieyra. El clima ya estaba caldeado. Había que parar a esa mujer. El arzobispo de la ciudad en ese entonces era un misógino declarado y aborrecía la literatura y las artes, en las que veía perdición e inmoralidad. Venía hace tiempo con Juana en la mira y, a partir de este texto, empieza a hacer presión. El obispo de Puebla, Fernández de Santa Cruz, le envía una carta a Juana firmada con el seudónimo de una monja como su alter ego, sor Filotea de la Cruz (!), en la que le recuerda sus deberes y sus limitaciones. En esa carta, el hombre poderoso disfrazado de mujer, le advierte a Juana los peligros de la elación, término que significa gozar; en el caso de las mujeres, del acto soberbio de la inteligencia. Así empieza el sometimiento de Juana. El mismo que publicó el texto, le escribe: “sacrificar el entendimiento es el más agradable holocausto que puede ofrecerse en las aras de la Religión”.

Entonces, viene la respuesta de Juana a la carta del obispo: Respuesta de la poetisa a la muy ilustre Sor Filotea de la Cruz es un texto autobiográfico en el que se defiende y cuenta su vida. Mucho de lo que sabemos de Juana, lo sabemos por esa carta. Juana sabía que la situación estaba cada vez más peligrosa, los virreyes que la protegían ya no estaban, pero a ella le arde algo adentro y sabe que es la única que puede hacer justicia. La carta es un manifiesto de una sinceridad cruda; no puedo dejar de imaginarla escribiéndolo en su celda: la cabeza en llamas, el corazón bombeando fuerte. Si tiene miedo, no se nota. A partir de eso, todo se pone oscuro. El texto es demasiado para el espíritu de la época. El arzobispo toma el caso de Juana como un castigo ejemplar.

No sabemos qué le hacen ni qué le dicen, pero el cambio es rápido y espeluznante. “En unos meses, sor Juana pasa de la defensa de las letras profanas y del derecho de la mujer al saber, a la aceptación de las censuras que le habían hecho. La mayoría de los críticos católicos atribuyen la mutación a una orden del cielo. Más verosímil parece atribuir esta súbita decisión a la soledad creciente en la que vivía, y la hostilidad que la rodeaba”, dice Octavio Paz. Juana ahora sí que tiene miedo. ¿Qué pasa con ella entre que escribe su defensa hasta que firma con sangre su conversión? ¿Qué le dio tanto pánico? ¿A qué tuvo que someterse?

Juana, finalmente, presenta un documento con el que pide perdón de sus culpas. Allí reconoce que sus pecados son “enormes y sin igual” y que merece “ser condenada a la muerte eterna” en “infinitos infiernos”. Pide perdón. Escribe como escriben todas las mujeres que eran acusadas en esa época: aterradas y sin voz, aferrándose a las frases hechas con las que las mujeres criminalizadas asumen el rol de arrepentidas. Dice lo que hay que decir y con eso cierra su vida intelectual. Juana se apaga. Se deshace de todos sus libros, sus instrumentos musicales y de ciencia. En su celda de religiosa, quedan solamente tres libros de devoción y muchos cilicios con los que disciplinarse. Alguien le debe haber entregado esos instrumentos de penitencia que ella nunca había utilizado antes. Juana empieza a castigar su cuerpo, siguiendo el ejemplo de su confesor. Se autoinflige los castigos delante de Núñez de Miranda, y él mismo dice que tiene que cuidarla prudentemente para que “en su empeño de crucificar sus apetitos y pasiones, con tan fervoroso rigor en la penitencia, no acabase, a manos de su fervor, la vida”. Están todos satisfechos, es la religiosa que la Iglesia quería que fuera. ¿En qué estado mental empieza a lastimarse de esa forma?

Lo que sabemos es que no vuelve a escribir, no como antes. Como acto de honestidad, a Juana le quedan aún las palabras, pero en su negativo. En sus textos de conversión, no está su voz, nada de lo que ahí escribe tiene alma ni estilo, son repeticiones, frases trilladas, fórmulas hechas. Los que la leen se dan cuenta. Es un mensaje que nos deja. Se guarda su decir en un gesto sincero y desesperado. Nos dice: no crean estas palabras, nada de esto es verdad. La que escribe arrepentida no es Juana. Juana ya no estaba ahí. Juana fue la primera dramaturga de lengua española con ese nivel y cantidad de trabajo. Sus voces siguen diciendo y es sorprendente imaginarla escribiendo en las condiciones en las que vivía. Sus obras se representaban, tuvieron cuerpo en su momento y lo tienen ahora. Y es la evidencia del pensamiento de todas esas mujeres que sentían la vida con una intensidad que no les era permitida. Prohibir, censurar, callar, ese absurdo de personas necias, más aterrorizadas que Juana en su celda.

 

MINI – BIO
Agustina Muñoz nació en Buenos Aires en 1985. Trabaja en performance, teatro, cine y video. Es Licenciada en Comunicación Social y tiene un Máster en Teatro de la Universidad de las Artes de Ámsterdam, Países Bajos. Ha escrito y dirigido múltiples obras de teatro, performances, videos, y trabajado en colaboración con diferentes artistas. Recibió el Primer Premio de Dramaturgia del Instituto Nacional del Teatro y el Premio de Dramaturgia Innovadora del Festival Escena Contemporánea, Madrid. Sus obras se han realizado en Cuba, Chile, Irlanda, Suiza, España y Holanda, y han sido editadas en diferentes antologías nacionales e internacionales. Es co-editora junto a Bárbara Hang de la antología de textos sobre arte performativo El tiempo es lo único que tenemos, editado por Caja Negra. Ha escrito durante muchos años en el suplemento Radar, de Página/12 y en distintos medios argentinos y extranjeros sobre artes escénicas y performance. Ha dado talleres de práctica artística y de escritura para niñxs y adultxs. Es parte del colectivo de artes escénicas Paraíso. Fue curadora invitada de Programas Públicos del MALBA y Asesora de Artes escénicas del Centro Cultural Kirchner.

 

Referencias:
1. Sor Juana Inés de la Cruz, Respuesta a Sor Filotea de la Cruz, 1691, Madrid, Manuel Ruiz de Murga.
2. Sor Juana Inés de la Cruz, Amor es más laberinto, 1698, Madrid, Manuel Ruiz de Murga.
3. Sor Juana Inés de la Cruz, Respuesta de la poetisa a la muy ilustre Sor Filotea de la Cruz, 1690, Madrid, Manuel Ruiz de Murga.
4. Sor Juana Inés de la Cruz (2019). Si los riesgos del mar considerara. Estudio preliminar de Adriana Valdés. Universidad Diego Portales, Santiago de Chile.
5. Paz, Octavio (1982). Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe. Fondo de Cultura económica, Ciudad de México.

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