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APROBÓ LA LEY
DE ASIGNACIONES
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A LA CULTURA

02 • noviembre • 2022

📌 Argentina

Teatro-Misterio-Vida-Muerte. In memoriam de Juan Carlos Gené

Texto de Hernán Gené publicado originalmente en Revista Picadero 44.

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Querido papá: Se acerca la fecha en la que se cumplirán 10 años de tu muerte. Cuando era yo bastante joven, me alertaste de la posibilidad de tu muerte, algo que por lo general los padres no hacen. No lo sabíamos, pero todavía faltaban más de treinta años para que ese hecho inevitable sucediera, pero gracias a esa conversación no pasó un solo día de esos seis lustros en los que yo no pensara en algún momento en que te pudieras morir o si, acaso, ya estuvieras muerto, algo en lo que, por lo general, los hijos no piensan. No sé si decir que este prolongado entrenamiento me preparó para tu desaparición física, pero aquí estoy, escribiendo –tal vez por esa mitificación humana por el número cero, de la que tantas veces hablamos– algo parecido a un recuerdo-homenaje.

Cuando termina la función, tienes que irte del escenario y seguir con tu vida. En mi caso, te confieso francamente, no tengo nada en mi cotidianeidad comparable a mi vida en el teatro, sobre el escenario. Ahí es donde más vivo estoy, y lo demás no es más que un compás de espera más bien mediocre hasta la próxima función. Sé que a vos te pasaba algo parecido.

El teatro muere cada vez, para renacer al día siguiente en un hecho muy semejante al del día anterior pero inevitablemente diferente. Y con la muerte física definitiva de sus hacedores el teatro que ellos hicieron desaparecerá, no volverá a ocurrir.

Así es, papá, tu teatro murió con vos, definitivamente. Lo que vive es su recuerdo, vago e impreciso, como son los recuerdos, y nada más. Lo teatrado se teatró y murió. ¿Qué me queda de vos después de estos diez años? Tus enseñanzas siguen repercutiendo en mi mente. Una voz, que muchas veces es la mía, me dice cosas que vos me dijiste junto con otras que yo te dije. Es curioso. Le hablo a mis alumnos con mi voz, con mis palabras que a veces son las tuyas tamizadas por mi propia vida en el teatro, tan alejada de la tuya, y a la vez tan cercana en lo esencial: que el teatro es una explosión de vida para el que no necesitas nada más que la fuerza irrefrenable del deseo de hacerlo.

Cuerpos vivos representan en una ficción hechos vivos para otros cuerpos vivos. Y entre todos realizan una celebración de la vida. Se trata de una fiesta del exceso vital, un banquete de gestos de vida sobreabundante y pletórica.

Estoy contento. Si algo tiene mi teatro, es vitalidad, fuerza y celebración de la vida, siempre ha sido así. Desde mis balbuceantes comienzos junto al Clú del Claun, hasta mis últimos y elaborados trabajos sobre Shakespeare y Molière, la energía arrolladora que en mis montajes se desprende desde el escenario es innegable. Vos estaría contento. Hay siempre, claro, una especie de correr hacia adelante para escapar de ese momento de vacío, el final –de la vida, de la función–, un vacío que nunca se llenará. Puede parecer extraño, pero el punto de partida de mis puestas en escena siempre es el vacío, la nada más absoluta. En ese vacío, y desde él, es donde haré que la materialidad se manifieste y que la vida aparezca, ilumine el escenario, y hechice y conmueva al espectador. ¿De qué otro modo podría explicar el proceso por el cual algo, que solo existe en la mi imaginación, cobra vida?

Recuerdo la vez que comenzaste el ciclo de tus clases de dirección leyendo el Génesis para luego aclarar a tu desconcertada audiencia la metáfora con el director de teatro que crea también a partir de la nada más absoluta. Si a algún dios se le ocurrió que podía crear el mundo, y su palabra fue suficiente para que apareciera la vida tal como la conocemos, el director obra como un dios para crear la existencia concreta de la función de teatro. Gracias a él, un grupo de personas se reúne para aportar sus talentos específicos en una creación, para que, más adelante, otro grupo de personas se reúna alrededor del primero para ver materializado ese universo fantástico. El director es el hechicero, el alquimista. Con solo entrar a un teatro vacío puede uno hacerse una idea de lo que digo. A pesar de la obvia y concreta materialidad del lugar, el vacío reinante es enorme, muchas veces sobrecogedor. Porque un teatro, un edificio construido para albergar obras teatrales, no es nada más que un cascarón vacío mientras no se represente en él una obra de arte, y volverá a serlo cuando termine la función, lo sé por experiencia. Nunca lo comentamos, pero estoy seguro de que vos pensabas lo mismo. El teatro es la máxima exaltación de la materialidad, trabaja con los materiales de todas las artes y, sobre todo, con la materia humana: un actor, un cuerpo que, en situación de representación, afecta a otros cuerpos que lo observan. Los teatristas, vos y yo lo sabemos bien, trabajamos con la realidad de la materia, poniendo en escena, cristalizando ideas, fantasías, obsesiones, mensajes pre escritos. El estallido de vida, ese derroche de energía que es la función, esa explosión cuya onda expansiva atraviesa y emociona al púbico de mil diversas maneras, fue creado a partir de la nada, y a la nada regresará. Esta portentosa transformación alquímica que hace que algo, que no existía para nada, se materialice es mi habilidad sublime de director de teatro, mi arte de actor, mi destreza pedagógica. Mucho de esto te lo debo a voz, sobre todo en la comprensión de los conceptos. Me dediqué al teatro por varias razones, una de ellas, sin duda la más pedestre, pero no menos íntima, fue la de estar cerca de vos. Y no me defraudó. Gracias al teatro compartimos trabajo, reflexiones, charlas, escritos, risas y mutua admiración. El último de mis trabajos del que tuviste noticias fue mi Tartufo, en el que yo no solo dirigía, sino que también, siguiendo la tradición, interpretaba al protagonista. Me dijiste que te preguntabas cómo lo hacía, que vos no te creías capaz. Te contesté haciéndote notar que vos lo hacías con tus propias obras, y tu respuesta fue que eran obras pequeñas, fáciles, incomparables con las de nuestro gran, querido, Molière. Tu comentario fue un regalo que atesoro como oro.

Papá, vos me enseñaste (también) que nuestro destino es el olvido. Me lo explicaste con la sencillez con la que solías explicarme las cosas difíciles de explicar: me hiciste ver que yo sabía bastantes cosas de vos y de mamá, algunas pocas de mis cuatro abuelos, muy pocas de mis ocho bisabuelos y absolutamente nada, ni siquiera el nombre, de tan siquiera alguno de mis dieciséis tatarabuelos. El olvido es el destino, a no ser que seas Julio César o Napoleón.

A menudo releo tus textos, y muchos parecen estar desfasados, como inscriptos en otro tiempo, como si hubieran sido escritos para un mundo que ya no existe, y me pregunto cómo vivirías esta era tan desalentadora, esta atomización del ser humano, este sálvese el que pueda en el que nos vemos sumergidos, este tiempo confuso, fascinante a veces, escalofriante, otras. ¿Qué me dirías, papá? ¿Mantendrías tu esperanza en la raza humana? Supongo que sí, aunque recuerdo que hubo momentos de nuestras vidas en los que fui yo el que debió recordarte que había una luz al final del túnel. Porque, aunque hoy en día pareciera que mantener la esperanza fuese algo ridículo, anacrónico y fuera de lugar, yo aún la conservo. Yo, muchas veces soy quien se adelanta con una pequeña vela en la mano para guiar a otros en la oscuridad, tragándome mis inseguridades y mi propia soledad y desconcierto. Es un verdadero misterio: ¿por qué sigo aquí, en el teatro? ¿Por qué encuentro cada mañana, de forma tan natural, sin esfuerzo, el impulso para seguir adelante, de empezar de nuevo, de enfrentarme a la indiferencia de la mayoría? ¿Para qué sirve el teatro, ese rito absurdo que solo tiene significado para el que lo hace?

¿Qué representa ser teatrista? Una profesión. Entiendo por tal el eje fundamental alrededor del cual se organiza toda la vida: se piensa, se ama, se toman compromisos, se indaga en la realidad y se crea, alrededor de ese eje. Ser teatrista de profesión es profesar el teatro: es una fe, en el ser humano, en la justicia, en el sentido de la vida, en el futuro del mundo como un lugar de justicia social y libertad.

Casi a la misma edad que tengo yo ahora, parecía que vos intuías ese desfase temporal, lo cual me hace suponer que mi actual crisis, además de estar inmersa en una global, tiene que ver con la mirada que dan los años, cuando ves que, indefectiblemente, hay más vida detrás de ti que porvenir. Entonces escribías:

Anacrónico: del griego, anas (contra) y cronos (tiempo). Lo anacrónico, entonces, no está fuera del tiempo sino contra el tiempo. Por eso, la posibilidad de ser anacrónico, lejos de deprimirme, me enorgullece. Porque estoy enfrentado con este tiempo que, precisamente, vocifera la vanidad de la esperanza. Y es sabido que no por gritar se tiene mayor razón. Un coro imponente formado por los medios de comunicación social, por el mundo de los grandes negocios, por los políticos pragmáticos y los pensadores que no ven el futuro, nos reclama la sensatez de ese pragmatismo. Y la vocinglería tiende a tal unanimidad que quien no se une al coro puede quedar marginado por el ridículo.

Gracias por tus palabras, papá. Gracias por ayudar a que me sienta orgulloso de ser marginal, de tener un oficio tan anacrónico como invulnerable. El teatro es mi vida, yo soy en el teatro y “lo demás es silencio”, en palabras de mi querido poeta inglés. Nada hay en mi vida, nada, que no esté atravesado por mi amor al teatro. Podés estar contento, pues, ciertamente, no me es difícil amar al teatro, aunque a veces, como en estos tiempos, sea tan costoso permanecer allí, en ese amor vampírico –“de poca apariencia y de mucha ciencia”, para usar las palabras de tu querido poeta español–, que me atormenta y me impele a persistir, a fantasear nuevas puestas, a añorar revisar lo hecho y mejorarlo, a escribir, a crear sin pensar en recompensas. Mi amor al teatro es único.

Hace 10 años terminaba para vos la función. Aplausos. Telón. Adiós, papá, hasta siempre.

Ha caído el telón y la liturgia teatral otorga su turno ahora al espectador, que cambia su pasividad en expresiones activas de conmoción y de agradecimiento: aplaude, grita, a veces ríe o llora (cosa que quizá ya haya hecho durante la representación). Y en el escenario, lo actores reaparecen como tales, pero aún en sus trajes y máscaras de los personajes, para recibir esa manifestación de amor que intenta retribuirles el por ellos brindado en las horas anteriores.

Va en estas palabras mi propia manifestación de amor que aspira a retribuirte el ofrecido por vos. Yo no te olvido, papá, no puedo olvidarte, vives conmigo, junto a mí. Pero cuando yo desaparezca, ¿desaparecerás vos también? Sí, es muy posible. Tal vez estas líneas consigan que vivas un poco más. Aunque al final, las personas que te conocieron irán también desapareciendo poco a poco, y tu nombre (y el mío) quedará borrado.

Para mí, el teatro ha sido siempre y sigue siendo eso: la terca custodia de una luz para los hombres; para los que lo hacen y para quienes lo presencian; para quienes los escriben y quienes lo corporizan; los que lo iluminan, lo musicalizan, lo pueblan de técnicas y artes que sintetizan las tareas más nobles y bellas que los hombres han realizado: con la mano, el cerebro y la palabra, los tres dones que hicieron de la especie lo que es.

Así sea, papá.

Madrid, enero de 2022.

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